Ir al contenido

Desde afuera, todo parece ordenado, correcto y hasta espiritual

15 de enero de 2026 por
Pastor: Luis Eduardo Angeles
Tal vez en tu hogar no hay gritos ni escenas explosivas y escandalosas. No hay discusiones que alarmen a los vecinos ni palabras ofensivas dichas a viva voz. Desde afuera, todo parece ordenado, correcto y hasta espiritual. Pero en medio de ese ambiente aparentemente tranquilo, pueden habitar palabras cargadas de tensión: comentarios con doble intención, frases calculadas, silencios que hablan más que mil gritos.

La Biblia nos enseña que el pecado no siempre se manifiesta de forma ruidosa. Muchas veces se presenta de manera refinada, educada y socialmente aceptable.

“Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada;
mas la lengua de los sabios es medicina.”
— Proverbios 12:18

El comentario pasivo-agresivo hiere precisamente porque no parece pecado. Se disfraza de prudencia, de control emocional, incluso de “madurez”. Pero no confronta con amor ni busca restaurar; hiere sin asumir responsabilidad. Es una forma de atacar sin exponerse, de expresar enojo sin confesarlo, de corregir sin humildad.

Dios no mide nuestras palabras solo por el tono, sino por el corazón que las produce. Jesús fue claro al respecto:

“De la abundancia del corazón habla la boca.”
— Mateo 12:34

Cuando usamos la ironía, el sarcasmo o la insinuación, muchas veces no estamos ejerciendo sabiduría, sino evitando el arrepentimiento. Preferimos lanzar frases sutiles antes que reconocer nuestra herida, nuestro orgullo o nuestra falta de amor. El problema no es solo lo que decimos, sino por qué lo decimos.

El evangelio no nos llama simplemente a mantener la calma externa, sino a una transformación profunda del corazón.
La paz bíblica no consiste en evitar el conflicto, sino en caminar en verdad y gracia. La santificación no es aprender a “comportarnos mejor”, sino permitir que Cristo gobierne cada área de nuestra vida, incluyendo nuestra manera de hablar.

“Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para edificación, según la necesidad del momento, para que dé gracia a los oyentes.”
— Efesios 4:29

Las palabras pasivo-agresivas no edifican, aunque suenen suaves. No comunican gracia, aunque no levanten la voz. No reflejan a Cristo, aunque parezcan civilizadas. Muchas veces erosionan lentamente la unidad del hogar, normalizan el resentimiento y endurecen el corazón.

Cristo no solo nos salva del pecado evidente, sino también del pecado respetable. Aquel que se tolera porque no escandaliza. Como creyentes, podemos engañarnos pensando que mientras no gritemos, estamos bien. Pero el evangelio confronta incluso aquello que parece controlado y aceptable.

“La blanda respuesta quita la ira;
mas la palabra áspera hace subir el furor.”
— Proverbios 15:1

Una palabra puede ser blanda en el tono y aun así ser áspera en su intención.
Jesús no murió solo para modificar nuestras reacciones externas, sino para redimir nuestras motivaciones internas. Él nos llama a hablar la verdad en amor (Efesios 4:15), a confesar en lugar de insinuar, a arrepentirnos en lugar de justificarnos.

Un hogar verdaderamente cristocéntrico no se define por la ausencia de gritos, sino por la presencia del carácter de Cristo. Jesús no fue pasivo-agresivo. Cuando habló, habló con verdad; cuando corrigió, lo hizo para restaurar; y cuando guardó silencio, no fue por manipulación, sino por obediencia al Padre.

“Vestíos, pues, como escogidos de Dios… de entrañable misericordia, benignidad, humildad, mansedumbre y paciencia.”
— Colosenses 3:12

Esto también se vive en lo cotidiano: en la cocina, en el carro, en conversaciones privadas donde nadie más escucha, pero Dios sí.

Hermanos, un hogar silencioso no siempre es un hogar sano. Un tono controlado no siempre es evidencia de santidad. La verdadera obra de Cristo en nosotros se manifiesta cuando nuestras palabras —aun las más suaves— reflejan Su gracia, Su verdad y Su humildad.

Pidamos al Señor no solo dominio propio para no explotar, sino un corazón renovado que no necesite herir para expresarse ni esconderse detrás de palabras “correctas” para evitar el arrepentimiento.

“Pon guarda, oh Señor, a mi boca;
guarda la puerta de mis labios.”
— Salmos 141:3

Que Cristo sea glorificado también en nuestras palabras tranquilas, en nuestras conversaciones privadas y en esos momentos donde el verdadero estado del corazón queda al descubierto.

¡Que la Gracia y La Paz esté con Vosotros en el Señor!

SOLI DEO GLORIA

LA IGLESIA TUVO SU PRINCIPIO Y TENDRÁ SU FINAL EN LA TIERRA